Cuando pensamos en cómics españoles aparecen Mortadelo, quizá El Capitán Trueno o El Guerrero del Antifaz. Pero detrás de los más conocidos hay decenas de tebeos injustamente olvidados. Vamos a sacarlos del baúl.
«Cuando pensamos en cómics españoles siempre nos viene a la mente Mortadelo y Filemón, a algunos también El Capitán Trueno o El Guerrero del Antifaz… ¡o incluso Roberto Alcázar y Pedrín! Pero detrás de estos más conocidos hay muchos que han sido injustamente olvidados. Vamos a intentar traerlos a la memoria de todos.»



Algunos coleccionistas cuentan que las editoriales abarataban costes imprimiendo las cuatricromías con tintas ya «agotadas», y que de ahí vendrían los rojos desaturados y los azules virando a violeta del «color del tebeo clásico». No hay documentación que sostenga esta versión concreta.
Tampoco la tenemos, conviene decirlo, para la explicación alternativa. Lo más probable es que el fenómeno no tenga una causa única y sí varias muy prosaicas, todas ellas propias de la industria gráfica española de posguerra: papel de baja calidad y muy absorbente, que se bebía parte del pigmento; maquinaria envejecida y mal mantenida; y unos plazos y márgenes que no daban para afinar el registro de color. Cuál de esos factores pesó más, y en qué proporción, es algo que habría que documentar con un estudio de historia de las artes gráficas —no con la observación de un lector sobre los ejemplares que le han llegado setenta años después, ya descoloridos por el propio paso del tiempo. Lo que sí parece claro es que la pérdida de saturación afecta al tebeo de quiosco en general, y no a una editorial en particular.
En los años 50, los niños montaban mercadillos dominicales en la calle para alquilarse o intercambiarse tebeos como El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín o El Guerrero del Antifaz. El precio habitual era una perra gorda —diez céntimos de peseta—, la misma moneda con la que se compraba un puñado de churros.
Víctor Mora entró en el PSUC el mismo año en que creó al Capitán Trueno, y acabó detenido junto a su compañera Armonía Rodríguez por la Brigada Político Social del comisario Creix; pasó unos meses en la Modelo. Bajo la censura franquista coló en sus guiones un ideario que el héroe nunca declaraba abiertamente: Trueno no viajaba para conquistar en nombre de la Cruz o la Corona, sino para derrocar tiranos y colocar en su lugar consejos de ancianos, “que era lo más parecido que se me antojaba a una república”, en palabras del propio Mora recogidas por Juan José Téllez. Los censores, atentos a la propaganda explícita, no vieron lo que tenían delante.