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Aventuras de Papel
Archivo de narrativa española
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La lucha por el papel en tiempos de escasez

En la España de posguerra escaseaba casi todo, pero el papel tenía una particularidad que lo distinguía del pan o el carbón: su reparto no dependía solo de la economía, sino de un aparato administrativo diseñado para premiar la afinidad política. La Ley de Prensa de 22 de abril de 1938, impulsada por Serrano Suñer, puso bajo control estatal el número y la extensión de cualquier publicación, y ese control se ejerció, en la práctica, a través del cupo de papel subvencionado. Ignacio Fernández Sarasola lo resume sin rodeos: debido a las restricciones de papel, eran las autoridades políticas quienes decidían qué revistas obtenían periodicidad fija y papel a precio reducido, mientras el resto quedaba “a la intemperie” del mercado libre, según la expresión de Vicent Sanchis. El dato que mide la magnitud del filtro es concreto: de toda la prensa infantil de la inmediata posguerra, solo once cabeceras lograron autorización como revistas periódicas, y de esas once, cuatro pertenecían a Falange y una a Acción Católica. El resto de la industria —Bruguera, Valenciana, Marco, Molino, Toray— quedó fuera del círculo protegido.

La gravedad de la escasez estuvo ligada a la coyuntura internacional: buena parte de la pasta de papel se importaba de Alemania, y la Segunda Guerra Mundial cortó ese suministro justo cuando España más lo necesitaba para reconstruir su industria editorial. La fase aguda va de 1939 a 1945-46; a partir de ahí, según Barrero, “las graves limitaciones que sufrían las publicaciones periódicas se fueron suavizando”, y la normalización plena llega ya en los años 50, simbólicamente marcada por el fin de las cartillas de racionamiento en 1952.

Cómo se notaba en el producto

No es una abstracción legal: se nota en el objeto físico. El papel disponible era de mala calidad, “empastaba las tintas y soportaba mal el paso del tiempo” (Altarriba), razón por la que los tebeos de los años 40 se conservan hoy peor que los de décadas posteriores. El análisis de El Temerario (Editorial Valenciana, 1947) da cifras exactas: formato acartelado de 24×17 cm, 12 páginas de contenido, portada y contraportada a color pero interior siempre en blanco y negro —ahorro de costes y de materia prima a la vez—, precio de una peseta y un real. TBO es el caso más elocuente de periodicidad estrangulada: autorizado en 1941 como “folleto de aparición irregular”, no consiguió periodicidad mensual hasta 1946 ni quincenal hasta 1949. Pulgarcito, de Bruguera, sacó entre 1945 y 1947 solo 13 números y un almanaque, con tamaño reducido (13×21 cm) y sin calendario fijo.

El contraste con Chicos, la revista de Consuelo Gil, es la prueba más directa de que el papel funcionaba como premio político: gracias a sus buenas relaciones con el régimen, nunca tuvo problemas para conseguir el cupo necesario y publicó con normalidad semanal desde 1938 hasta 1955. La misma escasez que asfixiaba a TBO no rozaba a las cabeceras afines.

Cómo sobrevivieron las editoriales de género

Bruguera y Valenciana, fuera del círculo de papel subvencionado, respondieron con ingeniería editorial más que con recursos. Una estrategia fue puramente administrativa: publicar sin numeración fija, como hizo Valenciana con series presentadas como folletos “independientes”, para eludir la exigencia de permiso por cada número. Otra fue el formato corto y barato pensado para exprimir el papel disponible: la Colección Superhombres de Bruguera, en 1946, reunió en dieciséis novelitas de bolsillo (10,5×15,5 cm, entre 122 y 128 páginas) a Red Colt, El Fantasma, El Espectro y Doctor Niebla. Este último es un caso que conecta directamente con el archivo de este proyecto: lo escribió el propio Rafael González, editor de Bruguera, bajo el seudónimo Douglas L. Templewood, en un periodo de precariedad personal en el que él mismo se había ganado la vida vendiendo carbón tras ser represaliado por su pasado periodístico. Que el editor que después rediseñaría Pulgarcito escribiera novela de quiosco bajo pseudónimo, en formato de 128 páginas pensado para el papel escaso, no es anécdota biográfica: es la misma lógica de supervivencia material aplicada a un solo hombre.

Una tercera estrategia, más estructural, fue el reciclaje de contenido ya publicado. La colección “Magos del lápiz” (1949) recopilaba historietas que ya habían aparecido en Pulgarcito, ahorrando así producción de material nuevo; es el precedente directo de la Colección Olé de los años 70, cuando la misma práctica —que Barrero llama “la estrategia nefanda del reciclaje constante”— se había convertido de necesidad de posguerra en modelo de negocio consolidado. Y del lado del lector, la escasez y el precio del papel generaron un intenso mercado de segunda mano: tebeos que se compraban, vendían, alquilaban y cambiaban, con estimaciones de hasta quince lectores por ejemplar en la década de 1945-1955, según Juan Antonio Ramírez.

Lo que queda de esto

El racionamiento de papel en la posguerra española no fue un simple contratiempo logístico que la industria del tebeo tuvo que capear: fue un segundo sistema de censura, menos visible que el de contenidos pero igual de eficaz, que decidía qué editoriales podían tener continuidad y cuáles quedaban condenadas a la irregularidad, el formato reducido y la novela de quiosco de usar y tirar. Las respuestas de Bruguera y Valenciana —formatos cortos, publicación sin numerar, reciclaje de historietas, seudónimos de editores escribiendo por necesidad— no fueron elecciones creativas libres: fueron adaptaciones a un cuello de botella material que el régimen controlaba y del que las cabeceras afines estaban exentas. Doctor Niebla, nacido en una colección de 128 páginas pensada para ahorrar papel y firmado por un editor que vendía carbón para sobrevivir, es un ejemplo en miniatura de cómo el “fantástico criminal” español no solo copió el modelo del vigilante enmascarado americano: lo hizo, además, con las manos atadas por la escasez.

Nota de fiabilidad: el marco legal y los datos de Fernández Sarasola, Rodríguez Moreno y Sanchis tienen respaldo académico sólido. Los datos de tiradas y precios de los años 40 son órdenes de magnitud, no cifras exactas, por la contabilidad artesanal de la época. La datación de la Colección Superhombres se ha fijado en 1946 tras cotejarla con La Tercera Fundación, que fecha ejemplar a ejemplar los ocho títulos que tiene catalogados; antes circulaba aquí como “1944-46”. No se han localizado cifras oficiales de toneladas de papel asignadas por editorial; para cerrar esa laguna haría falta consultar a Sinova, Barrera o Catalán en papel, no en fuentes digitales. La estimación de quince lectores por ejemplar se atribuye a Juan Antonio Ramírez sin haber podido precisar en cuál de sus dos volúmenes de 1975 aparece.

Bibliografía

Fernández Sarasola, Ignacio. «El régimen jurídico de la historieta en la España franquista (1938-1949)». Historietas, nº 3, 2013.

Martín, Antonio. Apuntes para una historia de los tebeos. Glénat, 2000.

Rodríguez Moreno, José Joaquín. «El Temerario, Editorial Valenciana, 1947». Historietas, nº 3, 2013.

Sanchis, Vicent. «TBO, ¿bajo Franco o con Franco?». Tebeosfera, 2017.

Barrero, Manuel. «La emergencia del libro de historieta en el mercado del tebeo». Tebeosfera.

Altarriba, Antonio. «La España de Franco fue una España de tebeo». The Conversation, 2019.

Ramírez, Juan Antonio (1975). El «cómic» femenino en España. Arte sub y anulación. Madrid: Editorial Cuadernos para el Diálogo. [Atribuida aquí la estimación de lectores por ejemplar en 1945-1955. Ramírez publicó ese mismo año, a partir de su tesis «Historia y estética de la historieta española (1939-1978)», un segundo volumen —La historieta cómica de postguerra—, y no se ha podido determinar en cuál de los dos aparece el dato. Citado de segunda mano, sin cotejar sobre el impreso.]

Delhom, José María (1989). Catálogo del tebeo en España. 1865/1980. Barcelona: Círculo del Cómic, S.A./CESA. ISBN 84-86404-02-9.